Esa sensación de felicidad pura que dura un instante. Un éxito, una buena noticia, las vacaciones soñadas. Parece que apenas la saboreamos cuando la mente ya se ha escapado. Viaja hacia el siguiente problema, o quizás hacia el próximo objetivo.
¿Por qué los momentos de alegría tienen una fecha de caducidad tan rápida? ¿Es una trampa que nos ponemos nosotros mismos, o hay un mecanismo secreto dentro de nuestro cerebro que nos impide disfrutar plenamente del presente?
La psicóloga Olga Albaladejo tiene la respuesta. Y es que, quizás, el verdadero secreto no es conseguir más cosas buenas. La clave está en aprender a quedarnos un poco más en las que ya nos suceden. Una revelación que puede cambiarlo todo.
Albaladejo nos habla de la «felicidad en tránsito». Una expresión que describe a la perfección esta experiencia. Llegamos a lo que tanto deseábamos y, antes de haberlo disfrutado, nuestra mente ya vuela. Vuela hacia el siguiente destino, sí. (Nosotros también lo hemos sentido).
Nuestro cerebro, una máquina de adaptación rápida
Detrás de esta sensación hay un fenómeno conocido: la adaptación hedónica. También se la conoce como la «cinta de correr hedónica». Nuestro cerebro se acostumbra rápidamente a las circunstancias, incluso a las más positivas. Lo que al principio era extraordinario, pronto se convierte en nuestra normalidad.
Es como el perfume que llevamos puesto. Al principio, lo percibimos con claridad. Al cabo de un rato, dejamos de notarlo. El perfume no ha desaparecido. Es nuestro sistema sensorial que ha dejado de considerarlo una novedad que necesite atención.
Esta adaptación tiene una función. No podemos mantener la excitación del primer día de vacaciones durante meses. Si lo hiciéramos, tendríamos dificultades para ocuparnos del resto de nuestra vida. El problema surge cuando perdemos la novedad sin la gratitud.
A esto se añade la «falacia de llegada«. Es la idea de que la felicidad aparecerá cuando consigamos ese trabajo, esa casa o esa relación. Pero cuando lo conseguimos, rápidamente aparece una nueva meta. No solo nos acostumbramos. También elevamos nuestras expectativas. La felicidad se convierte así en una estación de paso, no un lugar donde detenernos.
¿Por qué las malas noticias pesan más?
Una preocupación puede acompañarnos todo el día. Una buena noticia, en cambio, parece desaparecer en cuestión de horas. No es solo una cuestión de personalidad. Tenemos una predisposición a reaccionar con especial intensidad ante las amenazas.
Desde un punto de vista evolutivo, detectar un peligro siempre fue más importante para sobrevivir. Más importante que prolongar una emoción agradable. Por eso, una crítica suele ocupar más espacio mental que varios elogios. Un problema reclama nuestra atención con mucha más facilidad que una alegría.
No obstante, la psicóloga asegura que podemos entrenar la atención. Podemos mejorar la regulación emocional o la gratitud. No podemos, ni sería conveniente, desactivar nuestro detector de amenazas. Pero sí podemos desarrollar nuestra capacidad para reconocer y conservar aquello que merece ser disfrutado.
El peligro oculto de las redes sociales
Las redes sociales no han creado estos mecanismos psicológicos. Pero pueden intensificar la velocidad con que pasamos de una experiencia a otra. Compartimos una buena noticia, recibimos unos cuantos «me gusta». Y acto seguido, ya estamos viendo otro contenido. Completamente diferente.
Una celebración personal da paso a una tragedia. Después a un vídeo divertido. Y de inmediato, a las vacaciones perfectas de otra persona. Este cambio constante de estímulos hace mucho más difícil que una emoción agradable llegue a consolidarse. El scroll infinito nos roba la capacidad de sentir profundamente. (Piénsalo un momento).
El método ‘savoring’: la solución definitiva
La psicología utiliza un término clave: savoring. Podría traducirse como «saborear psicológicamente» una experiencia positiva. Es la capacidad de prolongar conscientemente las emociones positivas. Consiste en atenderla, apreciarla y potenciarla.
En lugar de dejar que pase sin más, debemos ser activos. Debemos vivirla. Para entrenar el savoring, Olga Albaladejo propone pautas imprescindibles para nuestro bienestar. Pautas que nos permitirán detener el tiempo.
Primero, haz una pausa antes de pasar página cuando ocurra algo bueno. Segundo, comparte esa alegría con alguien que realmente se alegre. Tercero, recuerda después esos momentos sin analizarlos en exceso. Finalmente, retrasa la necesidad de buscar inmediatamente el siguiente objetivo.
Esa es la clave. La felicidad no desaparece tan rápido como creemos. A menudo somos nosotros mismos quienes la abandonamos. La dejamos atrás para empezar a pensar en la siguiente preocupación. O en el siguiente objetivo. Una oportunidad perdida, momento tras momento.
Has descubierto un truco psicológico definitivo para proteger tus momentos felices. Una herramienta que te permitirá ahorrarte mucha angustia. Es una manera de evitar que nuestra propia mente nos juegue una mala pasada. ¿Estás preparado para aplicarlo?
