De cemento armado, roca granítica o piedra volcánica. Esta es la dureza facial de los aficionados del Atlético de Madrid en las redes, que continúan lloriqueando por la eliminación europea, atribuyéndola a un penalti no pitado sobre Griezmann. Se trata de los mismos que callaban cuando en los cuartos de final se vieron claramente beneficiados frente al Barça: en el Camp Nou, expulsión perdonada a Koke y penalti no pitado por manos de Pubill y, en la vuelta, brazo clamoroso de Lenglet y empujón a Olmo en el área madrileña, gol no concedido por un fuera de juego dudoso de Ferran Torres, roja rigurosa a Eric y pie de Musso -voluntario o accidental, pero impactante- en la cara de Fermín.
El community manager del Atlético lo salpimentó con burlas sobre el olor del césped cortado de buena mañana o apropiándose del lema más que un club. Lo que ignoraban -o no querían saber- es que la única razón por la que fueron favorecidos es porque el rival era el Barça, pero contra el Arsenal en el Emirates se quedaron sin red de seguridad. Y sus llantos suenan a hipocresía y cinismo.
El error azulgrana radica en haber querido tejer con los colchoneros una filantrópica alianza contra el enemigo común. El infame doble toque en la pena máxima de Julián contra el Madrid recibió la inmediata complicidad del barcelonismo, pero parece evidente que aquella jugada, que forzó a cambiar una normativa, requería una compensación a corto plazo. Y más cuando ahora la cuna del otro club de la capital es movida por el fondo de inversión Apollo, que por Sant Jordi organizó un foro de negocios y deportes con Tebas, Ceferin y Al-Khelaïfi. Y Miguel Ángel Gil Marín forma parte del comité ejecutivo de la UEFA: suficiente peso para diluir desde los despachos el juego de los clubes que son de los socios, pero insuficiente para detener al Arsenal, propiedad de un magnate americano.
En el lado de quienes han celebrado tres títulos en Neptuno en la última década, queda una devoción sectaria a Simeone -Mourinho 2-, a quien todo se le perdona. Un individuo de gestos torpes y fútbol rácano que no duda en aplicar mil y un ardides para cumplir su ideario: pérdidas de tiempo, entradas al límite o recoge pelotas que desaparecen misteriosamente. El drama es que el Cholo personifica, en una especie de viciosa bicefalia, lo mejor y lo peor que pueden poseer: nadie representará tan bien su (acomplejada) virilidad y, al mismo tiempo, solo darán un serio salto competitivo si aceptan que su ciclo ha terminado.
Lejos de erigirse en contrapoder antifascista, el Atlético de Madrid perdió hace demasiados años una ocasión inmejorable para marcar distancias con su vecino, tan presumiblemente odiado y que le arrebató dos cetros europeos con arbitrajes indignos. Pero tanto en el Calderón como en el Metropolitano ondean banderas españolas y no republicanas, como si la franja blanca de la camiseta se acercara a La Cibeles mientras que la roja se mancha de rojigualda. La diferencia entre el Atlético de Madrid y el Madrid es idéntica a la existente entre el PSOE y el PP: residual, simbólica. Unidos por España.
Si el seguidor del Atlético de Madrid hiciera un mínimo esfuerzo de racionalidad, empatía y autocrítica, admitiría que en Inglaterra apareció el karma, porque las decisiones arbitrales los empujaron decisivamente a las semifinales. Y, de rebote, mientras se aferra al comodín Negreira como hace cualquier merengue, reconocería la obscena huella de Jesús Gil -indultado por Franco por la precipitada construcción de un restaurante en Los Ángeles de San Rafael, que en 1969 dejó 58 muertos y 150 heridos-, harto de dopar al equipo con el dinero de la corrupción de Marbella. Así, el famoso doblete del curso 1995-96 resulta salpicado.
Pero el fervor de un ecosistema incondicional los hace seguir y recuerda la frase «al rival, písalo, písalo«, pronunciada en 1993 por Bilardo cuando entrenaba al Sevilla de un decadente Maradona… liderado por un tal Diego Pablo Simeone.

