Florentino Pérez es un tipo acostumbrado a hacer y conseguir lo que quiere y después de su victoria sobre Enrique Riquelme en las elecciones del Real Madrid, se podría decir que lo ha vuelto a hacer. Pero no es oro todo lo que reluce. El objetivo de adelantar tres años las elecciones no era en absoluto la voluntad de dar la voz a los socios o asegurarse la presidencia del club hasta 2030, sino ganar un plebiscito, preferiblemente sin rival ni urnas, pero si era necesario votar, ganarlo de manera aplastante. ¿Por qué? Para desactivar cualquier atisbo de oposición, para tener carta blanca y para dejar el futuro del Real Madrid atado y bien atado en manos amigas a través de una venta parcial del club y un cambio societario. Florentino continuará siendo presidente, sí, pero el objetivo real no lo ha conseguido.
Hace tres semanas, nadie sabía quién era Enrique Riquelme, no existía una oposición organizada, significativa y Florentino Pérez continuaba siendo un presidente todopoderoso, líder indiscutido del club más valorado del mundo, ganador de seis de las últimas diez Ligas de Campeones y figura intocable tanto en el mundo socioeconómico, como en el entorno madridista. Hoy las cosas han cambiado sensiblemente. La rueda de prensa surrealista en la que convocó las elecciones ha degradado su imagen, su campaña reactiva y malhumorada ha erosionado su apoyo social, el 35% de socios que ha votado a su rival es un obstáculo nuevo a sus propósitos y Riquelme, con un aval y más humo que proyecto, ha aprovechado la oportunidad para erigirse en el referente de la próxima etapa en el Real Madrid.
Desde Barcelona, la victoria de Florentino Pérez es una gran noticia para el Polònia, que ya tiene perfectamente medidos a los personajes del presidente blanco y de su capataz preferido, Jose Mourinho, que volverá al banquillo del Bernabéu -con Pepe de acompañante- y con la clara misión de torpedear la resurrección del Barça con Laporta, Flick, Lamine Yamal y compañía, la Masia, el nuevo Camp Nou, las dos últimas Ligas y el fútbol que lo ha vuelto a convertir en equipo de referencia. El trabajo, lo conoce bien de su primera etapa y seguro que pondrá más ganas que fútbol. Sea como sea, la apuesta es anticuada, previsible y de corto alcance y tendrá que comenzar por remendar el sálvese quien pueda del vestuario madridista.
En cualquier caso, ni Florentino, ni Mourinho, ni las ofertas de 150 millones por un nuevo galáctico cambian en nada la hoja de ruta del Barça, que pasa por seguir apostando por el fútbol, por el equipo, por el grupo extraordinariamente joven que tiene y por introducir pocos cambios, los imprescindibles y precisos, que le permitan seguir creciendo sin romper nada.

