No son pocos los barcelonistas que estos días han lamentado el fichaje de Marc Cucurella por el Real Madrid, eso sí, con argumentos muy diversos. Desde los que culpan al Barça por no haberse anticipado a su eterno rival, hasta los que ven la traición de un jugador que se formó en la Masia, pasando por los que prefieren volcar su bilis contra Florentino Pérez y su obsesión por hacer daño al Barça. Sean buenos o malos, todos estos argumentos son secundarios. Lo que duele es que un jugador de casa, formado en la Masia y que podría ayudar al Barça a conseguir sus objetivos haya triunfado lejos del Camp Nou y termine convirtiéndose en un soldado de Mourinho conjurado para derrotar al Barça de Flick.
En el fondo es un mea culpa en toda regla. Cuando debutó en el Barça en 2017 sustituyendo a Lucas Digne, nadie lo vio como el lateral del futuro; no había culés lamentando su cesión al Eibar al verano siguiente, ni cuando el Barça lo recompró por 4 millones para cederlo de nuevo al Getafe; ni tampoco en 2020 cuando el Getafe pagó los 6 millones por el traspaso definitivo. Encajaba en el Eibar, en el Getafe y en el Brighton cuando se fue en 2020 con un contrato de 5 años. La sorpresa de todos es que un año después el Chelsea estuviera dispuesto a pagar 70 millones para ficharlo. ¿Una exageración típica de la Premier? ¿Una frivolidad de nuevos ricos? Quizás sí, pero la cuestión es que Cucurella se ganó el lugar, el sueldo, el Mundial de Clubes de 2025, la titularidad de la selección española y que el Real Madrid pague 60 millones para reforzar su defensa y de paso tener un jugador en la selección española del Mundial. Todavía ahora, nadie en el Barça le concede ese valor.
Lo que ha hecho Marc Cucurella es creer en él, trabajar muy duro y ganarse la oportunidad de jugar en un equipo grande, compitiendo por los grandes objetivos y viviendo lo que todo futbolista sueña con vivir en su carrera. Culparlo a él por ir al Madrid, a Ernesto Valverde que no creyó en él o a quien eligió a Juan Miranda (ahora en el Betis) en lugar de Cucurella es buscar un consuelo fácil, pero está fuera de lugar. Sería mucho más útil aceptar el error colectivo de descartar demasiado rápido a los jugadores que no satisfacen las expectativas, casi a primera vista. Falta paciencia y estrategia. Y hay muchos ejemplos, algunos en primera línea, como Eric Garcia. El barcelonismo nunca lo había visto como un central top y para muchos la cesión al Girona era un camino sin retorno, pero la madurez, la experiencia y la confianza lo han convertido a los 25 años en uno de los líderes del Barça de Flick.
¿Será Alejandro Balde el siguiente? Muchos ya lo han borrado del mapa. «Ya ha tocado techo», dicen. «Cancelo le da tres vueltas…», «Si llega una oferta de la Premier, buen viento…». Podría ser un nuevo Cucurella o un nuevo Eric Garcia. Probablemente dependa tanto de su capacidad de trabajar para superarse, como de la capacidad del club para esperarlo o guiarlo en este proceso. El tiempo lo dirá.

