El Real Madrid ha fracasado por segundo año consecutivo y este fracaso lleva el sello de Florentino Pérez. Hace dos temporadas, el equipo blanco había ganado la Liga, la Supercopa y su decimoquinta Champions, mientras que su máximo rival, el Barça, abortaba la operación Xavi Hernández con un año en blanco y la única alegría de la Masia, con el ascenso de Lamine Yamal, Pau Cubarsi y Fermín. Los partidos los ganan y pierden los jugadores, pero el balón no entra por azar y la mayoría de decisiones que ha tomado el autócrata del club blanco han terminado perjudicando al equipo, a los jugadores y a la imagen mundial del club.
La obsesión de Florentino por coleccionar cromos a veces le juega malas pasadas y esta es una de ellas. La marcha de Cristiano Ronaldo dejó un vacío y tenía que llenarlo, sí o sí, con un primera espada. Satisfizo la asignatura pendiente de traer a Kylian Mbappé, sabiendo que el talento del francés está muy por encima de su compromiso o de la garantía de éxito que proporciona. Una lección de proporciones cósmicas, que ha tenido que asumir no solo en forma de dos años sin títulos, sino también viendo cómo al PSG de Luis Enrique la marcha de su crack le ha abierto por fin y de par en par las puertas del éxito con su primera Champions y la oportunidad de una segunda consecutiva el 30 de mayo en Budapest ante el Arsenal.
Nadie obligó a Florentino Pérez a malcriar a Vinicius Jr., pero lo ha hecho, repetidamente, a ojos de todo el mundo y de forma contraproducente. Lo hizo plantando de manera infantil y antideportiva la gala del Balón de Oro porque los votos le habían negado el primer premio, y lo ha vuelto a hacer poniendo al brasileño por encima del equipo, de la autoridad del entrenador y de las posibilidades del proyecto deportivo con el que Xabi Alonso debía enderezar el rumbo perdido. Un error de cálculo, y mayúsculo, que duplicó confiando el equipo a Álvaro Arbeloa.
Cuatro meses después, el balance es calamitoso. Arbeloa ha tenido contento a Vinicius, ha cantado la grandeza del Madrid y de Florentino y ha utilizado a Negreira y a los árbitros para tapar derrotas, defectos e impotencia, pero ha perdido la Copa con el Albacete, ha caído en cuartos de la Champions, ha perdido la Liga pasando de -4 a -11 puntos del Barça, ha extraviado a Mbappé y llega al clásico deportivamente rendido y con el vestuario descompuesto por peleas internas, la división y el horizonte del Mundial. Por cierto, nadie reprimió el instinto troglodita de Rüdiger contra la afición ultra del Atlético, ni contra el árbitro De Burgos Bengoetxea en la final de Copa de 2025, ni contra Diego Rico en el partido contra el Getafe y ahora lo ha pagado su compañero Álvaro Carreras.
Habrá nuevos muertos al borde de la Castellana y algún comodín en la manga para distraer al madridismo, pero el elefante sigue en la habitación y el único culpable del fracaso es Florentino Pérez.

