Entre la eterna partida de ajedrez por Julián Álvarez, las ocurrencias trumpistas de Infantino y las desleales operaciones de Florentino inflando baratijas de La Fábrica, corren malos tiempos para la lírica, tal como cantaba el grupo Golpes Bajos en los 80. Momentos adversos para los románticos del fútbol, es decir, para quienes añoramos la musiquita del Camp Nou con la que se anunciaba el gol de otro campo, el acto de fe que implicaba seguir una locución radiofónica, los recogepelotas abrazando jugadores o devolviendo el balón al terreno de juego, las graderías con foso, estadios como Las Gaunas y el Ramón de Carranza o la base negra de los postes de las porterías.
El último dardo o golpe de gracia contra esta especie en extinción lo ha dado el fútbol femenino, hasta ahora refugio climático ajeno a las peleas y polémicas testosterónicas. El arbitraje resulta mucho más justo y, por tanto, nada determinante, entendido. En general, los aficionados guardan mayor respeto en las graderías, de acuerdo. Sí, sigue manteniendo un grado de nobleza superior en el césped, pero se ha comenzado a contaminar en los despachos.
Los casos de Alexia Putellas, Ona Batlle y Salma Paralluelo ejemplifican este cambio de tendencia: las tres no han dudado en proclamar la excelencia de sus respectivos nuevos destinos -rivales directos del Barça-, así como la posibilidad de albergar nuevas ambiciones para sumar más títulos. Como si en el club blaugrana no hubieran ganado suficientes, se les quedara pequeño o no se sintieran tan bien tratadas. Suena a excusa para disfrazar ansias económicas, que nuevamente se han impuesto a la ética, en un contexto incierto entre la apuesta de Pau Gasol y la obsesión de Michele Kang por igualar a los jeques.
Marcharse por dinero es lícito, pero que no lo vendan como una decisión basada en un salto competitivo. Flota un sabor amargo de ingratitud, sobre todo con Salma, con quien se ha tenido mucha paciencia ante tantas lesiones. Ir a cobrar un sueldo mejor desde un tópico discurso de grandeza y, al mismo tiempo, establecer un récord de integridad ante quienes te han seguido y cuidado, no parece compatible. El ego y las cifras por encima de los valores. Ellas, también.

