Decir que el Real Madrid ha ganado este último clásico contra el Fútbol Club Barcelona gracias al arbitraje sería demasiado atrevido. En ninguna de las ocasiones decisivas del duelo ha habido una decisión del colegiado Martínez Munuera que haya inclinado la balanza hacia el lado merengue. Sin embargo, la campaña de acoso que está llevando a cabo el club blanco contra los árbitros desde hace tiempo, que se ha intensificado con la llegada de José Mourinho, sí ha dado sus frutos. En el global del partido, las acciones grises han caído del lado merengue de manera clara.
Martínez Munuera y su permisividad
El factor más determinante ha sido el criterio de Martínez Munuera respecto a las amonestaciones. Mourinho ha planteado un partido duro, con varios jugadores del Madrid yendo a menudo al límite o incluso traspasándolo. El caso más flagrante ha sido el de Marc Cucurella. El lateral catalán ex de la Masia, que ha recibido una sonora pitada del Camp Nou en cada balón que ha tocado, ha cosido a Lamine a faltas y la permisividad del árbitro ha contribuido a que pudiera hacerlo impunemente durante todo el duelo. Solo en la primera parte, Cucurella ha hecho más de una falta que podría haber sido merecedora de tarjeta. No obstante, el lateral catalán no fue amonestado hasta la recta final del clásico y fue por protestar.

Por si esto no fuera suficiente, ha pasado lo mismo con jugadores como Bernardo Silva o Aurélien Tchouaméni. No han sido ejemplos tan evidentes como el de Cucurella, pero en conjunto ha generado una situación en la que el Madrid ha podido ir al choque con mucha dureza y ha facilitado que el Barça perdiera balones y que los merengues tuvieran más contraataques a su favor. En cambio, al otro lado de la balanza, Martínez Munuera ha sido más exigente con los blaugranas. De hecho, los datos hablan por sí solos, ya que ambos equipos han recibido el mismo número de tarjetas amarillas. Por tanto, Mourinho ha conseguido su objetivo: condicionar a los árbitros para recibir un trato de favor.


