La licencia federativa de José Mourinho dice que es entrenador de fútbol, pero por encima de todo es un señor de la guerra de los banquillos y es eso lo que le ha llevado por segunda vez al Real Madrid. Si Florentino Pérez hubiera querido un entrenador, ya tenía a Xabi Alonso. Su problema es que está en guerra con el mundo y lo que necesita es un general. Nunca se ha tratado de jugar bien al fútbol, sino de ganar, al precio que sea, y las dos últimas temporadas, a pesar de los fichajes y los millones invertidos, el Madrid ha estado lejos de tener un proyecto ganador y, en cambio, quien gana, quien recibe los elogios y quien crece es el Barça; el de Laporta, el de Flick y el de Lamine.

Florentino tiene muchos frentes abiertos. Tiene un equipo que no juega a nada, tiene un 35% de la afición que no le sigue y que se manifiesta en el Bernabéu, tiene un entorno que ya no le ríe todas las gracias, tiene un Vinicius que va a menos, un Mbappé que no gana y va por libre, un vestuario que a menudo parece un ring… y por otra parte, tiene una guerra con la Federación, la Liga, la UEFA, los árbitros, la prensa, los vecinos del Bernabéu, el Balón de Oro y, naturalmente, con su archienemigo, un Barça que ha salido del pozo y vuelve a ser una referencia en el mundo.

Podríamos estar una semana entera buscando y no encontraríamos ni un solo aspecto futbolístico en el que la mano de Mourinho haya mejorado al Madrid de Arbeloa. La mayoría de jugadores están lejos de su mejor versión. En ocho jornadas de Liga, ya ve al Barça a seis puntos de distancia y es cuarto en la clasificación. Donde su mano no solo es visible sino omnipresente es en la construcción de un clima bélico, de un enemigo exterior que mina el camino del Real Madrid hacia la victoria y de una unidad interna (club-equipo-afición) que da el plus competitivo que no tendrá con el fútbol. Es la hoja de ruta recurrente de Mourinho, pero también es una farsa que cada vez es un poco más evidente.

En todo caso, Mourinho ya hace semanas que juega el clásico del Camp Nou, porque es allí donde la fractura se puede ampliar y su crédito puede reducirse drásticamente. Pero no lo hace desde la cocina del fútbol, sino desde el megáfono de la propaganda. Y aquí entra todo. Negreira -ahora ya sin tapujos-, los árbitros pasados, presentes y futuros, el comité de competición que sanciona a Vinicius con cuatro partidos y que lo hace público (como siempre) el miércoles por la tarde, los periodistas que fabrican pitadas del Bernabéu, una carrera de 50 metros por el césped para celebrar un gol al Villarreal, una sonora anulación de la rueda de prensa posterior al partido, o una declaración en Roma denunciando que los horarios de la Liga no son «inocentes» cuando perjudican a su equipo, proclamando que «los madridistas no son estúpidos» y anunciando que él, el paladín, lo hará todo «para abrir los ojos a la gente»… Ya solo falta que ponga al Barça de Flick en la diana. Tic, tac…



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