El fútbol es el deporte más popular del mundo, el negocio que genera es el más grande y la industria que lo produce es un monstruo que no para de exprimir y desvirtuar al mismo fútbol. El Balón de Oro, el galardón que organiza cada año la revista France Football y que designa al mejor jugador del mundo, es una pieza más de este engranaje. No aporta nada al juego, pero genera ídolos y eso vende, forma parte del pastel y, naturalmente, tiene muchos pretendientes. Tanto es así que los debates que antes eran puramente mediáticos ahora ya implican a los mismos protagonistas.

Cristiano Ronaldo abrió brecha ya hace tiempo, en su más puro estilo ególatra y vanidoso, cuando días antes de la gala del Balón de Oro de 2008 dejó caer que él era «el primero, el segundo y el tercer mejor jugador del mundo». Afortunadamente no se extendió el ejemplo y Leo Messi tuvo mucha culpa de ello. El argentino del Barça, sin abrir la boca, recibió ocho Balones de Oro, fue el mejor durante quince años y todo el mundo lo sabía, porque de lo que se trata, de lo que siempre se ha tratado, es de hablar en el campo y que los demás hagan las valoraciones.

El Real Madrid también ha sido pionero en rebelarse contra el Balón de Oro hace dos años, cuando la votación coronó a Rodri (entonces en el Manchester City) en lugar de Vinicius Jr., hasta el punto de retirar toda la representación del club en la gala, desacreditar públicamente a los organizadores y menospreciar a los votantes. Dos años de exilio después, Florentino Pérez vuelve al ataque ahora con Kylian Mbappé como candidato. Necesita hacer brillar su estrella galáctica y al delantero francés no es que se le haya pasado el arroz, pero con 19 años lo convirtieron en candidato a mejor jugador del mundo y con 27 aún espera coronarse. Y, por lo que se ve, también desespera, porque hace unos días decidió bajar a la altura de CR7 y se lanzó unos cuantos elogios reclamando el próximo Balón de Oro, aunque lleva dos años sin ganar nada con su equipo o selección.

El caso es que Lamine Yamal ha caído en la trampa. Su desequilibrio, sus goles y su influencia en los títulos del Barça y el Mundial de España ridiculizan la autocomplacencia del francés, pero ha decidido hacer su mitin. Y abierta la veda, también hemos oído a Fabián Ruiz reivindicarse como único campeón de Champions y Mundial al mismo tiempo, Dembelé ha hecho saber que está muy enfadado con Mbappé por menospreciarlo y dicen que Rodri aparentemente entiende que el Barça apueste por Lamine aunque él (Balón de Oro 2024 y MVP del Mundial) también está en la quiniela.

Cada uno es libre de decir lo que piensa, pero el fútbol está en los estadios, allí es donde el futbolista habla de verdad; el resto es ruido. Y en esta campaña, sólo hablan los egos y los intereses económicos; ni unos ni otros generan fútbol, victorias, títulos o admiración. No aportan nada al espectáculo deportivo. Al contrario, si tienes necesidad de hablar de tus méritos es porque no has hecho lo suficiente sobre el césped.



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