Cada uno elige sus estrategias y al final la pelota dicta sentencia, a veces de forma caprichosa, ciertamente, pero a menudo con puntería. El Barça, si las elecciones no dictan un cambio de guion insospechado, vuela sobre las alas de un proyecto joven, ganador, fuertemente arraigado a la Masia y a su estilo, con el liderazgo carismático de Hansi Flick, con un presente muy competitivo en todos los frentes y la expectativa de crecimiento futuro que da la media de edad del equipo más baja en décadas. El Madrid, por su parte, intenta recuperar la propulsión del proyecto galáctico de Florentino Pérez, pero el motor Xabi Alonso ha fallado, el motor Vinicius arde, el motor plantilla ha perdido fútbol, el motor Mbappé es el único que aguanta y su mayday para salvar esta urgencia es el trato de favor arbitral.

El nuevo entrenador del Real Madrid podría aprovechar la presencia en sus alineaciones de jóvenes como Gonzalo, Asencio o el último en debutar, el lateral derecho Jiménez, para crear una versión 2.0 de los Zidanes y Pavones. Podría hablar del encaje de Mbappé y Vinicius como punta de lanza del equipo blanco. Podría desgranar el libreto de entrenador, que aplicará para pulir el juego de su equipo. Incluso podría enfocar la competitividad y rendimiento de los suyos para engancharse como una garrapata a solo un punto de un Barça claramente más entonado y brillante. Pero no. El único mensaje identificable del discurso de Álvaro Arbeloa es el caso Negreira, según su voz y la de su amo, «el escándalo más grande de la historia del fútbol».

El problema es que el presunto escándalo es un meme en tres fotogramas. El primero, una parcialidad arbitral contra el Madrid y a favor del Barça durante más de una década que nadie ha visto en el terreno de juego y que los hechos contradicen tercamente; el segundo, una corrupción arbitral que, además de no tener resultado tangible, no tiene prueba, ni testimonio, ni verosimilitud que la sostenga a pesar de años de investigación y sumario; y el tercero, la realidad de un arbitraje que iguala la Liga regando de penaltis al Madrid de los piscineros Mbappé y Vinicius, mientras los niega al Barça aunque sean tan obvios como el que le hicieron a Lamine Yamal en el último partido contra el Mallorca.

Esto es fútbol y nadie sabe hoy cómo terminará este duelo. Lo que se puede certificar es que el Camp Nou está disfrutando del camino, aparentemente mucho más que el Bernabéu. Por su coherencia, por el fútbol que ofrece, por la conexión entre el equipo y la grada, por la juventud e ilusión que transmite el grupo de Flick, porque cada partido juegan seis o siete jugadores formados en la Masia, porque dos jugadores de dieciocho años (Lamine y Bernal) marcan la diferencia en el último partido de Liga o porque después de Casadó, Bernal, Jofre Torrents, Gerard Martín, Fermín, Lamine Yamal, Gavi, Cubarsí, Balde y Dro, ahora es Tommy Marqués quien debuta con el primer equipo, consolidando el mensaje de que el espectáculo, sin duda, continuará.



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