No se dejen engañar por una jornada de normalidad aparente, entendiendo por normalidad que el infractor no sea favorecido por el árbitro de turno, sino penalizado por el reglamento. Suena fácil, pero hace muchas semanas que el mundo del fútbol gira exactamente al revés. El reglamento tiene más de una lectura, según el día, la hora y los protagonistas. Los árbitros reciben consignas que los conducen al error. Y el VAR, la herramienta que había venido a hacer el fútbol más justo y menos errático, está siendo quebrada y desacreditada por todas las manos que la manipulan. Ya no es tiempo de eufemismos para referirse a la deriva del arbitraje español. El Barça, hoy, vuelve a ser líder de la Liga un punto por delante del Madrid, pero no la ganará si no es capaz de mejorar la puntería, la intensidad y la atención a los detalles, hasta el punto de minimizar la influencia del factor arbitral.
Las cosas no pasan porque sí. La temporada pasada el Barça fue mucho mejor que el Madrid, le ganó primero la Supercopa, luego la Copa y también los dos duelos de la Liga y, en más de una ocasión, a pesar de errores arbitrales clamorosos. Al final, el titular fue: «El Madrid, campeón sin el VAR«. La conclusión estadística es que los árbitros tienden a favorecer al Madrid mucho por encima del Barça (y cualquier otro rival); la conclusión matemática es que, para el Madrid, el VAR no es una ventaja sino una adversidad, y la conclusión generalizada es que la presión de Florentino Pérez y toda la estructura que controla ha conseguido desactivar el problema.
Que el presidente del deporte español (CSD), el presidente de la Federación Española de Fútbol, el presidente de LaLiga y el presidente del sindicato de jugadores sean de confesión madridista es una alineación de astros sin parangón. Que la responsable del arbitraje femenino esté casada con un exárbitro empleado por el Madrid, no desentona. Y que Florentino Pérez con una mano fuerce la decapitación y sustitución de la cúpula del comité técnico de árbitros, mientras con la otra mano manipula el caso Negreira para victimizar al Madrid y culpar al Barça completa la contaminación del ecosistema del fútbol español y de su arbitraje.
En estas circunstancias, un intento de engañar al árbitro puede ser tarjeta amarilla, o no; un contacto irrelevante puede ser penal, o no; un pisotón en el tobillo puede ser tarjeta roja, amarilla o nada; una falta previa puede servir para anular un gol, o no; un error evidente del árbitro puede ser corregido por el VAR, o no; una revisión de fuera de juego puede durar 30 segundos o 7 minutos; al árbitro se le puede llamar a la pantalla para revisar una misma situación, o no. Depende. Y este depende está beneficiando mucho al Madrid al tiempo que perjudica mucho al Barça. Sí, el Barça puede y debe mejorar -por ejemplo, no fallando tantas ocasiones (Real Sociedad o Girona) o no concediendo tantos goles atrás (Atlético de Madrid)- y olvidar el resto. Pero el sindicato vertical que gobierna el fútbol español le está robando a la competición la credibilidad y el atractivo en directo y ante testigos. Y esto se debe denunciar.

