La muerte de Jesús de Miguel es una auténtica tragedia. También lo es, sin embargo, que una parte de la sociedad haya optado por señalar a Jesús Owono, insultarlo –a menudo de manera racista-, amenazarlo, criminalizarlo y pedir que acabe en la cárcel o cosas aún peores. Todo esto, incluso antes de que se hayan podido esclarecer los hechos judicialmente. Más allá del lamentable componente racista que incluían los insultos al portero del Andorra, algo que es absolutamente injustificable, preocupa también la facilidad con la que se ha convertido a un futbolista en un asesino a los ojos de la opinión pública.

El fútbol no es un deporte de contacto como podría ser el boxeo o las artes marciales, pero el contacto físico forma parte del juego. Y, por tanto, también conlleva riesgos. Afortunadamente, son riesgos que no suelen terminar en tragedia, pero, a veces, por una acumulación de circunstancias desafortunadas, estos riesgos pueden tener consecuencias devastadoras. Es una realidad que cuesta aceptar, especialmente cuando el desenlace es tan trágico como el de este caso, pero que tampoco se puede ignorar.

Nadie se plantea pedir penas de prisión para un boxeador que deja gravemente herido a su rival durante un combate, o incluso cuando se produce una muerte en una competición. Tampoco se criminaliza a un piloto de motociclismo o de Fórmula 1 cuando hay un accidente en plena carrera. Son deportes con riesgos inherentes que sus practicantes asumen. El fútbol es mucho menos peligroso, evidentemente, pero eso no significa que esté exento de situaciones en las que un contacto desafortunado pueda tener consecuencias irreparables.

Esto no quiere decir que todo valga y que toda acción deba quedar impune. Owono cometió una infracción merecedora de tarjeta roja y de una sanción deportiva ejemplar, pero eso es perfectamente compatible con el hecho de que no tuviera ninguna intención de hacer daño al delantero del Tenerife. Una cosa es valorar deportivamente una acción y otra muy diferente es atribuirle una responsabilidad criminal. Si el portero hubiera ido expresamente a golpear a Jesús de Miguel en una situación sin relación con la disputa del balón, el debate sería otro. Pero estamos hablando de una jugada de fútbol, de una salida para intentar disputar un balón, es decir, una acción que forma parte del juego, y de un desenlace que nadie esperaba.

No es casualidad que estos días hayamos visto numerosas imágenes de salidas de porteros con las rodillas elevadas en situaciones muy similares. Acciones que, por suerte, no han terminado con ninguna consecuencia grave y que a menudo ni siquiera han generado debate. ¿Por qué? Porque es una práctica habitual en el fútbol. Estos días, muchos porteros han explicado que, desde las categorías inferiores, se les enseña a salir a disputar los balones con las rodillas arriba como una manera de protegerse ante la llegada de los delanteros. Es una técnica que se ha normalizado durante años, a pesar del riesgo evidente que conlleva cuando dos futbolistas llegan en carrera a disputar un mismo balón.

Y quizás es aquí donde deberíamos poner el foco. En lugar de reclamar castigos ejemplares y convertir a Owono en el chivo expiatorio de una tragedia, ¿por qué no aprovechamos este caso para cuestionar una práctica que forma parte de la enseñanza del fútbol? ¿Por qué no abrimos un debate sobre cómo se pueden modificar estas situaciones para que no se repitan? Se podría estudiar, por ejemplo, una regulación más estricta de las salidas de los porteros. Distinguir entre las acciones dentro y fuera del área, teniendo en cuenta que dentro de su área el portero tiene la posibilidad de coger el balón con las manos y dispone de una protección específica que no tienen los demás futbolistas. Fuera del área, en cambio, se podría plantear que salir a disputar un balón con la rodilla elevada conllevaría la expulsión directa, independientemente de si hay contacto o de si el rival acaba sufriendo alguna lesión. Por ejemplo.

Porque, si convertimos cualquier salida de estas características en un posible delito cuando el resultado es trágico, también deberíamos revisar muchas acciones de porteros que hemos visto a lo largo de la historia, ¿no? Víctor Valdés o Manuel Neuer, por poner dos ejemplos de imágenes que han aparecido en los últimos días, ¿también deberían ser señalados? ¿Alguien se imagina que ahora les pidiéramos responsabilidades penales por acciones similares que, afortunadamente, no terminaron en tragedia? ¿Que fueran juzgados por intento de homicidio? El resultado de una jugada no puede ser el único elemento que determine cómo juzgamos la intención y la naturaleza de una acción, sobre todo cuando estamos hablando de una práctica deportiva.

La muerte de Jesús de Miguel es irreparable, es devastadora, y es comprensible que genere rabia, dolor y una necesidad de encontrar explicaciones. Pero la indignación no nos puede hacer perder la perspectiva ni nos puede llevar a exigir condenas antes que se hayan aclarado los hechos. Jesús Owono no debería cargar con la etiqueta de asesino por haber protagonizado una acción futbolística que ha terminado de la peor manera posible. Si realmente queremos aprender algo de una tragedia como esta, quizás deberíamos empezar por preguntarnos qué podemos cambiar del fútbol para que no vuelva a suceder. Porque reclamar que Owono pague por una tragedia no nos garantiza que mañana no vuelva a morir un futbolista en una acción similar. Cambiar las cosas, quizás sí.



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