El Barça había vivido una tarde plácida en Valencia hasta que el reloj llegó al minuto 78. El partido estaba encarrilado, el Levante no encontraba la manera de poner en problemas a los azulgranas y los de Hansi Flick avanzaban hacia el silbato final con la tranquilidad que los ha acompañado en este inicio de Liga. Todo parecía decidido, pero el 1-3 cambió de golpe el escenario en el Ciutat de València y obligó al Barça a despertarse cuando ya parecía que solo debía dejar pasar los minutos. Hasta entonces, los azulgranas habían tenido el partido bajo control. Impusieron su ritmo con el balón, encontraron espacios para atacar la portería del Levante y fueron construyendo una diferencia en el marcador que parecía suficiente para afrontar el último tramo con comodidad. El conjunto local, a pesar de sus intentos, no había conseguido convertir su voluntad en ocasiones lo suficientemente claras para hacer dudar al Barça, que fue administrando la ventaja sin necesidad de someterse a un gran esfuerzo defensivo.

Por eso el 1-3 tuvo un efecto mayor en el ambiente que en el marcador. El Levante encontró un hilo al cual aferrarse y la grada recuperó la confianza que había ido perdiendo durante el partido. El Barça, que hasta ese momento había podido jugar con la tranquilidad de un equipo que sabe que tiene la situación bajo control, tuvo que volver a concentrarse para evitar que ese gol diera una dimensión diferente al partido.

Rodri al Ciutat de València. | Europa Press
Rodri en el Ciutat de València. | Europa Press

El Levante ha querido alargar la tarde

El gol animó al conjunto local, que dio un paso adelante e intentó aprovechar los minutos que aún quedaban para poner más presión al Barça. El partido ganó intensidad y cada aproximación del Levante fue recibida con ánimos por un público local que creía hace solo unos minutos que la remontada era casi imposible. El Barça no quiso esperar a que el rival creyera demasiado en esa opción. Los azulgranas volvieron a buscar la portería contraria y encontraron el cuarto gol gracias a una gran acción individual de Karim Adeyemi. Un gol que sirvió para recuperar la distancia y, sobre todo, para volver a poner el partido en el lugar donde había estado durante buena parte de la tarde. Esta fue, precisamente, la diferencia respecto a otros partidos: no fue necesario que el Barça sufriera durante noventa minutos para llevarse los tres puntos, pero sí tuvo que gestionar por primera vez un momento en que un partido aparentemente resuelto se complicó en el último tramo.

El 2-4 terminó reflejando la superioridad que el Barça había mostrado durante la mayor parte del encuentro, pero también dejó una imagen poco habitual en este inicio de temporada. Los azulgranas se vieron obligados a abandonar durante unos minutos la comodidad con la que habían jugado hasta entonces y tuvieron que volver a poner intensidad en un partido que parecía sentenciado. No fue una tarde de sufrimiento ni una victoria agónica. Fue, más bien, una tarde en la que el Barça descubrió que incluso los partidos que parecen bajo control pueden complicarse en un instante. El Levante tuvo doce minutos para intentar cambiar el desenlace, pero los de Flick supieron reaccionar y terminaron cerrando una nueva victoria de Liga.



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